martes, 10 de julio de 2018

Todo comienza en la familia

Por Michael Laitman

Supuestamente no hay nada más natural que tener hijos y criarlos, pero de hecho, la vida nos demuestra que esto no es tan simple. ¿Qué debemos saber hoy día para educar a los niños en general y para funcionar como buenos padres en particular?

Todo comienza en la familia. Una familia es una pequeña sociedad. Si sabemos cómo formar una familia unida, estaremos asegurando el éxito de nuestros hijos también fuera del hogar, del colegio y a lo largo de la vida. A diferencia de generaciones anteriores, en las que el éxito en la vida era personal, individual, hoy el mundo ha cambiado. En un mundo interconectado, la condición principal para el éxito es la posibilidad de conectarnos con el prójimo. Quien sepa mantener una buena comunicación, formar conexiones positivas entre las personas, triunfará a lo grande.

Una de las herramientas principales que ofrece la Sabiduría de la Conexión es el espacio de conexión familiar, que debe realizarse de modo permanente una vez a la semana, por lo menos, y ese tiempo debe considerarse sagrado. Para obtener un buen ambiente, conviene preparar una reunión amena, sin que sea un punto importante de atención ya que lo principal es la conversación y la atención mutua.

Cada miembro de la familia, en su turno, comparte con el resto alguna experiencia vivida en la última semana sobre la cual le gustaría escuchar la opinión de los demás. Mientras comparte su historia, todos están atentos a sus palabras, queriendo sentirlo. Luego, el resto de los miembros de la familia expresa su opinión al respecto, tratando así de consolidar una actitud común. Aunque no se consiga una solución, el propósito es crear una sensación común en referencia a lo ocurrido a cada uno.

Si por ejemplo, nuestra pequeña hija nos cuenta sobre algo que le ocurrió, todos trataremos de entrar en su sentimiento, participar de su historia, y de allí ayudarla a comprender cómo es correcto referirse a lo ocurrido, cómo equilibrar entre el sentimiento y la mente, cómo ver cosas desde una perspectiva amplia. No vendremos a ella como maestros en relación a la alumna, sino como si fuéramos amigos expertos mayores que ella por uno o dos años. No le daremos sermones ni clases de moral, sino atenderemos con el corazón. Ayudar, apoyar, dar el hombro y un buen consejo. Tratemos de “vestirnos” en ella, sentirla, bajar a su nivel, solo aportando nuestra solución.

Cuando lo hagamos una y otra vez, ella comenzará a entender y sentir por qué pensamos del modo que pensamos, de dónde nos llega tal enfoque, en qué nos basamos. Ella aprenderá sobre nuestro modo de pensar, nuestros cálculos, cómo balancear el sentimiento junto al intelecto y viceversa. Es como si la tomáramos, la abrazáramos, y delicadamente la hiciéramos pasar por nuestro pensamiento y nuestro sentimiento. Queremos hacerle ver un poco la situación a través de nuestra visión, y dejarla. No presionarla, ni obligarla a pensar ni sentir como nosotros. De esto, ella aprende gradualmente a participar en algo que le ocurre a otra persona, lo cual es algo muy difícil generalmente para los niños pequeños

El miembro de la familia que participó a todos de su experiencia, se incluye con la visión de sus padres sobre el tema, desde el punto de vista de sus hermanos o hermanas. El niño ve cómo le ponen atención de todo corazón, tratan de sentirlo, entender lo que le pasó. Cuando les cuenta lo ocurrido, ellos se interesan, le hacen preguntas, le dan consejos, tratan de ayudarlo a expresarse, a “salir” de su propia historia.

Poco a poco se va formando en la familia un sentimiento y un intelecto común. De tales comentarios, los miembros de la familia comenzarán a sentir que se crea entre ellos un campo común al cual sentirán como “nuestra familia”. La sensación de la familia es un ancla en la vida, principalmente al ser parte de la familia. Estos ejercicios familiares desarrollan en el niño la capacidad de sentir al prójimo. El niño sabe cómo “vestirse” en otras personas, leerlas, entender sus motivaciones. El niño aprende a identificar con más facilidad a quién conviene acercarse y de quién conviene alejarse. Además, la bondad que irradiará de él hará que atraiga hacia sí menos problemas.

Para un niño así será más fácil el éxito en los estudios. Desarrollará más habilidad para escuchar, participar, absorber el material de estudio, comunicarse más relajadamente con los maestros y los otros alumnos, pondrá más atención sobre quién contesta, qué, y cómo. Será más abierto a la comunicación, al estudio. Su captación científica será más ligera, verá cómo una cosa se conecta a la otra, debido a que aprendió a estar más conectado, más enfocado, menos hiperactivo, más paciente, y por eso tendrá más éxito.

En una realidad como esta, la propiedad más preciada que podemos ofrecer a nuestros hijos es la capacidad de comunicarse positivamente con los demás. Esta es la esencia de la sabiduría de vida en el siglo 21.

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