sábado, 21 de febrero de 2015

SER INSTRUMENTO DE PAZ

Por Brigitte Champetier de Ribes. Publicado en la revista Espacio Humano, Marzo 2014

Les propongo las siguientes reflexiones y ejercicios para transformarnos en instrumentos de paz.

La necesidad de pertenecer es la más apremiante de todas y por la búsqueda de seguridad uno haría cualquier cosa. Y seguridad significa ante todo Valores, Dios, religión o ideología. Los hombres matan por fidelidad a su Dios, por pertenecer más a su Dios, para sentirse más seguros, para tener la conciencia segura y tranquila. Y ¿Quién ese dios? Es la Verdad que comparte un grupo, es el cemento del grupo al que pertenezco.

Bert Hellinger hizo este descubrimiento respecto a la paz:
Los hombres matan para defender su Verdad, eliminando a los que la critican, desprecian o ponen en riesgo su seguridad externa (la validez de su grupo) e interna (su buena conciencia). La Verdad de unos es el Mal de los otros.
La guerra no es más que la materialización de nuestro miedo interno a ser autónomos, pues la autonomía supone renunciar a esta pertenencia y a esta seguridad física y moral. Es la materialización de nuestra fidelidad infantil y fundamentalista a una Verdad que nos ayudó a integrarnos, a pertenecer, a vernos reconocidos por otros y sentirnos importantes.
Ya es hora de despedirnos de la superioridad de nuestra verdad. No existen dos seres humanos que crean exactamente en lo mismo. Por ello nos cuesta tanto aceptar profundamente a cualquier otra persona.
Renuncio a que mi explicación  de la vida sea la única válida: es fruto de mi pasado y si hubiese nacido en otro país u otra época mi desarrollo habría sido distinto y mi creencia sobre la vida, el mundo, la justicia, el bien y el mal también.
Todo lo que existe crea su contrario, todo existe por polaridad, hasta que los polos se fusionen, se reconcilien, creando una nueva unidad, superior a las dos anteriores, que a su vez creará una nueva polaridad…
Cuando rechazo o niego algo, y sólo me agarro a mi polaridad, lo que rechazo aumenta. Cuanto más me radicalizo, más se radicaliza lo opuesto. Es ley de vida. La única solución para que algo desaparezca, es incluirlo. La solución a la guerra es incluir, incluir e incluir.
Cierro los ojos y me abro a todos. A todos como somos. Soy uno más. Uno más en todos los aspectos.
Me veo  con mi Verdad, la honro, le doy las gracias, veo las fidelidades que tengo detrás de ella y la hago más pequeña. No es más que mi verdad, aquí ahora.
Y ahora veo a los demás, cada uno con su Verdad, y detrás de cada verdad, sus realidades y sus fidelidades. Honro a todos los demás y les agradezco ser como son.
Nos honro a todos como somos.
Nuestros padres también tienen su verdad cada uno, la verdad para mi madre es distinta de la verdad para mi padre. Cada uno es fiel a su pasado, a su experiencia y a lo que le guía.
Yo existo porque entre los dos se hicieron uno. Soy ambos, soy la fusión de los dos.
Entonces decido renunciar a mi preferencia por mi padre o mi madre. Ambos, padre y madre, son igualmente valiosos para mí. Ambas verdades, la de mi padre y la de mi madre, son igualmente válidas  para mí.
Miro a mis padres, les abarco  en una sola mirada, los dos juntos, estén cómo estén, estén donde estén. Los honro a los dos a la vez, con el mismo agradecimiento y la misma entrega.
A menudo mis convicciones son totalmente viscerales. No puedo razonarlas. Cuando las siento criticadas o amenazadas, aunque sea levemente, siento una emoción que me desborda completamente, me siento en peligro, angustiado, desesperado, me vuelvo irracional, intransigente, violento incluso. Son todas las señales de un antiguo trauma, de una emoción bloqueada por una vivencia dramática de mi infancia que aún no he digerido. Toda educación graba, si no a sangre y fuego, sus leyes, sí con culpa y amenaza de lo peor, la sumisión a sus mandatos. Acercarnos a quién ha levantado el yugo de estos mandatos produce pánico.
Represento este desbordamiento, y me dejo llevar atrás en mi vida por él. Hasta llegar a un lugar de mi pasado. Ahí espero, dejo que el lento movimiento de la sanación se apodere de mí, hasta que el desbordamiento se tumbe en el suelo, rendido, ausente, acabado.
Vuelvo a pensar en la última situación que provoco ese desbordamiento emocional, y me doy cuenta que ya no me afecta, estoy tranquilo, puedo escuchar a los demás y conversar con calma.
A veces mi convicción es una verdadera obsesión. No me deja libertad. Me siento atrapado, poseído, no puedo razonarla.
Toda obsesión es una llamada sistémica de una intrincación con un ancestro. Un ancestro que no acaba de encontrar la paz por una culpa que no pudo asumir en su vida.
La sanación vendrá con el ejercicio siguiente:
Imaginas un lugar para ti, otro para tu “obsesión” y otro para el ancestro. Te vas a poner alternativamente en cada uno, y te dejas mover muy lentamente, sin saber qué quiere de ti el movimiento. Dejas hacer. Al cabo de un tiempo la obsesión se habrá ido con  el ancestro, y el ancestro se habrá retirado. Tú entonces, conscientemente, honras al ancestro y le agradeces la vida que te viene de él.
La sistémica observa que cuando en una estructura los de arriba están enfrentados pero no lo asumen, los de abajo viven una guerra abierta entre sí. Por ejemplo, cuando en una familia los padres reprimen su odio recíproco, los hijos estarán divididos en dos bandos que se odian, sin saber por qué. Lo mismo ocurre en una organización. Si dos mandos ocultan su enfrentamiento, los subalternos estarán en confrontación continua e inmotivada. En cuanto los “grandes” del sistema, padres o mandos, se comunican y expresan su enfrentamiento, los “pequeños” se calman.
Entonces ahora puedo realizar un ejercicio más, al servicio de la paz en el mundo:
Elijo qué dos personas, dos países o  dos sistemas representan hoy para mí a los líderes de las posturas más enfrentadas en el mundo. Pongo a uno en mi mano izquierda y al otro en mi mano derecha. Los voy mirando y sintiendo.
Honro y agradezco a cada uno por ser como es.
Ahora hago que las dos palmas se miren. Los dos poderosos se miran.
Muy lentamente, acerco las dos manos. Hasta que se toquen, y se fusionen los dos opuestos.
Con muchísimo respeto, siento la transformación en mis manos.
Las acerco a mi pecho
y tomo en mi corazón a los dos poderosos fusionados.

Por Brigitte Champetier de Ribes
Publicado en La revista Espacio Humano en Marzo 2014
Este es el principio de la paz: reconocer aquello que antes rechazaba, sin pretender cambiarlo y afirmando que tiene el mismo derecho que yo.
A la inversa, también significa que yo me haga valer como persona con el mismo derecho que todos los demás. 
Así se da la PAZ.
BERT HELLINGER