viernes, 11 de octubre de 2013

El mundo nos ve y nos percibe en función de la manera en que nosotros nos sentimos a nosotros mismos.

Hasán hombre rico y poderoso, abandonó su fortuna y su rango para estudiar con el maestro Abdul Efendi. A pesar de todo el trabajo y de la evolución que llevó a cabo al lado de Abdul Efendi, este observó que no se liberaba de su orgullo defecto que le venía de la muy elevada posición que ocupaba con anterioridad. Abdul Efendi decidió darle una pequeña lección. Le llamó y le dijo:
-¡Ve al mercado y tráenos cuarenta kilos de tripas de cordero! ¡Pero debes traerlas cargando sobre tu espalda!
Hasán se fue al punto hacia el mercado, que estaba situado en el otro extremo de al ciudad. Una vez allí, compró las tripas y las cargó sobre sus espaldas. Sanguinolentas como estaban, no dejaron de mancharle de la cabeza a loso pies y fue en ese lamentable estado en que se vio a atravesar media ciudad a fin de hacer entrega de su cargamento. Como era conocido como un hombre muy rico, cada transeúnte con que se topaba le hacía pasar un verdadero suplicio. Por más que trataba de no parecer preocupado, sentía una profunda humillación.
A su llegada el maestro le ordenó que llevara las tripas a la cocina para que prepararan con ella una sopa para toda la hermandad, pero el cocinero anunció que no tenía el caldero lo bastante grande que pudiera contener semejante cantidad de despojos.
-¡Eso no es ningún problema! – repuso el maestro mirando a su discípulo. -¡Ve a ver al charcutero de la hermandad y pídele que nos preste un caldero!
Y Hasán, totalmente manchado como iba de la cabeza a los pies, se vio obligado a dirigirse al establecimiento del charcutero, que estaba situado al otro extremo de al ciudad.
De nuevo cada transeúnte que se cruzaba en su camino sometió su orgullo a dura prueba. Mortificado por tanta humillación, trajo el caldero a la cocina y acto seguido fue a limpiarse. Un poco más tarde, el maestro le llamó y le dijo:
-¡Ahora, vuelve hacer el camino del mercado y pregúntales a todos los transeúntes con los que te cruces si han visto a algún hombre llevar un montón de tripas sobre sus espaldas!
Él hizo la pregunta a todas las personas con las que se cruzó y todas ellas le respondieron negativa o muy evasivamente: nadie había visto a ese hombre y las que lo habían visto no se acordaban ya de su cara.
De vuelta a la hermandad, el maestro le pidió que repitiera la experiencia a lo largo del camino del charcutero. También allí el resultado fue idéntico. Nadie se había fijado en un hombre manchado de sangre que llevaba un caldero.
Cuando Hasán informó a Abdul Efendi del resultado de su pesquisa, éste observó:
-Como ves, nadie te ha visto. Tú creías que la gente se fijaba en tu vestimentas, pero no era así. Eras tú quien proyectabas tú mirada en los demás.
Esa misma noche, el maestro dio una gran fiesta y convidó a sus invitados a tomar la sopa diciendo:
-¡Probad con nosotros esta noche la sopa de la dignidad y de la grandeza de Hasán!
Alejandro Jodorowsky, en “La sabiduría de los cuentos”

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