sábado, 18 de mayo de 2013

“Decir la verdad a los niños”

Texto de Alice Miller, extraído de su libro “Salvar tu vida. La superación del maltrato en la infancia” (2009) y el capítulo se llama “Decir la verdad a los niños”:


“Para no convertirse en víctima de depresiones, de trastornos alimentarios ni tampoco de la adicción a las drogas, el niño necesita tener acceso a su historia. (…) Para superar la sensación de aislamiento (hallarse solo con su secreto), los padres deben encontrar el valor suficiente para reconocer su error ante el niño. Esto transformaría completamente la situación.

La información aportada por los padres no supone ningún descubrimiento para los niños, pues hace tiempo que su cuerpo conocía estos hechos. No obstante, el valor de los padres y su decisión de afrontar el tema tendrá indudablemente un efecto benéfico y liberador que durará mucho tiempo. Así mismo, al niño se le proporcionará un modelo, no con palabras, sino con el comportamiento: valor cívico y respeto por la verdad y por la dignidad del niño en lugar de violencia e incapacidad de controlar las emociones. Como todos los niños aprenden del comportamiento de los padres y no de sus palabras, una confesión de estas características sólo puede tener consecuencias positivas. Antes el niño estaba solo con un secreto que ahora ha sido articulado y forma parte ya de una relación basada en el respeto mutuo y no en el ejercicio del poder. Las heridas silenciadas hasta entonces podrán curarse, porque ya no están almacenadas en el inconsciente. Cuando estos niños –poseedores de mayor información- se conviertan en padres, ya no correrán el riesgo de repetir forzosamente el comportamiento, a veces tan brutal y perverso, de sus padres, pues las heridas reprimidas no los empujarán a ello. El arrepentimiento de los padres ha cancelado sus trágicas historias despojándolas de su peligrosa actividad. (…)

Un niño al que se le dice la verdad y se le educa a no tolerar la mentira y la brutalidad, se desarrollará libremente, como una planta cuyas raíces no serán devoradas por los gusanos (por las mentiras).

(…) Cuando el niño se da cuenta de que sus padres se interesan por cómo ha percibido sus agresiones, experimenta una gran sensación de alivio y de justicia. No se trata sólo de perdonar, sino de eliminar aquello secretos que separan a unos y a otros. Se trata de construir una nueva relación basada en la confianza mutua y en suprimir la sensación de aislamiento en la que hasta el momento se encontraba el niño maltratado.

Una vez que los padres hayan reconocido el daño causado se superarán muchos de los obstáculos que antes parecían insalvables, lo que equivale a un proceso de curación espontánea.

(…) El mejor momento para plantear una conversación con los propios hijos sobre las heridas provocadas sería probablemente entre los cuatro y los doce años, es decir, antes de la pubertad.”

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