miércoles, 9 de noviembre de 2011

Solo mirando el dolor es posible ser transformado...

No todos pueden lograr despedirse del dolor.
Les resulta difícil porque han hecho de él un estilo de vida.
Tenemos que aprender a permanecer junto a nuestras ruinas, a sentarnos ante los escombros, sin amarguras, sin dirigirnos reproches y sin acusar tampoco a Dios.
Tendremos que apoyarnos sobre estos muros en ruina, lleno de esperanza y de abandono, con la confianza de un niño que sueña con que su padre lo arreglará todo, porque sabe que todo puede reedificarse de otra manera, mucho mejor que antes. Como el hijo pródigo para quien tantas cosas se habían hechos jirones: dinero, honor, corazón; que había perdido todo lo que podía esperar de las criaturas y que, sin embargo, lleno de confianza, toma la resolución de volver a casa de su padre. Por adelantado sabía que además del criado que esperaba llegar a ser, podría también seguir siendo hijo. El que ha sido hijo una vez, lo sigue siendo siempre.
En el mismo momento en que el hijo perdido se reconcilia con sus escombros, está ya en su casa, en casa junto a su padre. Por el contrario, el que lucha contra sus propios escombros, lucha contra su padre y contra su Dios; sigue estando expuesto a la cólera: no es capaz de reconocer el amor.
El que se abandona hasta el punto de alegrarse y de permanecer contento con su propia miseria, está ya rendido al amor liberador."
ANDRÉ LOUF, "A Merced de su Gracia", Ed. Ágape.
Enviado por Martin Properzi.

«Destruid este templo y en tres días lo levantaré»
Jn 2,19

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