lunes, 28 de noviembre de 2011

Si deshielas tu corazón y aprecias tu propia belleza...

disfrutarás de la belleza del mundo!

Angaangaq (1947) es esquimal, nació en el Norte de Groenlandia en una familia con curanderos desde hace generaciones, y es chamán, jefe espiritual de las tribus Inuit y representante de los aborígenes árticos en las Naciones Unidas desde que siendo joven, recibió el encargo de los Más Ancianos de su pueblo de llevar a todo el mundo el mensaje espiritual de los esquimales.

Lleva 30 años recorriendo el mundo y recientemente ha publicado el libro “Escucha la voz del hielo” en el que habla sobre la vida cotidiana de su pueblo, sus enseñanzas y costumbres, sus ceremonias y sus mitos; sobre el dar y el recibir, sobre el silencio, la oración, la curación, las plantas y los animales, el devenir y el perecer, la familia, la vida en pareja, la sexualidad, las estaciones, las ceremonias y todo aquello por lo que vale la pena vivir.

Le llaman “anciano” desde joven: recogió el legado familiar de la sabiduría de su clan. Su abuela fue su primera maestra, le enseñó “a sonreír, caminar erguido y lleno de fuerza”. Es un chamán inuit (esquimal), y uno más que dice que no habrá cambio mientras no seas tú quien cambies en tu corazón. Lo cuenta por el mundo y en su libro "Escucha la voz del hielo", editorial Urano.

¿A qué ha venido?
A deshelar corazones.

¿Lo tengo congelado?
Sí, mientras no veas tu belleza interior y la belleza del mundo.

¿Usted las ve?
He aprendido de mi madre, de mi abuela… Tiene 86 años y nunca fue a la escuela, pero comprende la vida mejor que nadie.

¿Qué hay que comprender?
El equilibrio del mundo. Os veo muy preocupados por el oso polar, por las focas, pero… ¿y por los seres humanos?

¿A qué se dedica usted?
Soy hombre medicina, practico la sanación tradicional de mi pueblo, aprendida de mi abuela, de mi madre, de muchos otros ancianos durante toda mi vida…

¿Qué cura?
Todo. Porque todo se origina en el alma, en el corazón, en que olvidamos nuestra belleza… La distancia más inmensa no está entre aquí y allí: está entre mente y corazón, y hemos de conquistar ese terreno.

¿Cómo?
Nos ayuda mucho la cabaña de sudación.

¿Qué es eso?
Tradicionalmente, entramos allí a sudar: eso nos limpia por dentro y por fuera. Las hacíamos con costillas de ballena, ramas, piel de foca… Dentro, fuego, agua, vapor…

¿Y qué pasa ahí?
El alma se eleva y se depura. Es una ceremonia muy bonita. Como la vida. ¡La vida entera es en sí misma una bella ceremonia que merece ser celebrada!

¿Ese tambor ayuda?
Póngase delante de mí.

¿Así?

Ouuuuuuu…
Ouuuuuuu…

Qué vibración…
Esto es orar. Es una oración.
¿Dónde viven hoy esquimales?
En Groenlandia, Canadá, Alaska, la península Chukotka de Siberia: ¡nuestro pueblo ha llegado a ocupar 16 millones de kilómetros! Hoy somos sólo un millón de personas. El contacto con el hombre blanco nos diezmó, por las epidemias… ¡Nunca hubo guerras entre nosotros, los esquimales! Somos el pueblo más pacífico de la humanidad.

¿Es cierta su fama de hospitalarios?
Sí.

¿Llegan las mujeres esquimales a ofrecerse sexualmente al huésped?
¡A nosotros no nos repugna el contacto físico! Pero los blancos no os tocáis. Y la mayor necesidad del ser humano es la de ser tocado. Nosotros nos tocamos mucho. No tenemos tabúes sexuales ni celos. Somos personas civilizadas.

¿Y qué mensaje nos trae desde el hielo?
Que el mundo es bello. Que si deshielas tu corazón y aprecias tu propia belleza, disfrutarás de la belleza del mundo. ¡Dejemos ya de maltratarlo! No hay nada más difícil para una persona que cambiar, eso lo sé: pero si no cambias tú, tus hijos y nietos seguirán haciendo lo mismo…

Fuente: La vanguardia

Y aquí les comparto unos estractos de dos capítulos del libro “Escucha la voz del hielo” de Angaangaq.
Grandes verdades contadas con simplicidad y sabiduría.

Sobre la ausencia de fronteras
No hay fronteras. Los animales no conocen fronteras, las plantas no conocen fronteras, los vientos no conocen fronteras, las nubes no conocen fronteras, los ríos no conocen fronteras. Sólo el hombre cree en fronteras: “No te está permitido entrar aquí”.

Me pregunto: ¿Cómo es posible esto?

El problema es que vosotros, los occidentales, aprendéis desde la infancia a crear fronteras. Pero la madre tierra no tiene fronteras. El viento no conoce fronteras. Quizá se lleve a miles de kilómetros la hoja marchita que el viento de otoño arranca de un árbol de tu jardín. Tal vez la lleve hacia el Norte, donde en algún momento se congelará y caerá sobre Groenlandia. Y acabará en un lago groenlandés, donde desplegará su energía. Todo está unido y conectado con todo. Sois vosotros los que habéis inventado las fronteras.

Tenemos que aprender que solo existe un mundo y que las fronteras que le hemos trazado son ilusiones. Necesitamos tener una conciencia global de que todos estamos cohesionados y formamos un solo organismo. Necesitamos una conciencia clara de que todos somos una familia.

Sobre la guerra
En mi patria nunca ha habido una guerra. A mi pueblo le resulta extraño que haya pueblos que luchan entre sí para conquistar tierras. Tenemos claro que solo existe una tierra y que no pertenece a nadie. Cada cual tiene derecho a utilizarla, y cada cual lo hace a su manera. Lo único que nadie puede es poseerla. La tierra pertenece a todos. Por eso no comprendemos que haya guerras para poseer tierras. No podemos comprender por qué los hombres trazan líneas en los mapas y dicen: Esto es una frontera.

Y tampoco podemos comprender que haya padres y madres que aprueben que sus hijos se dediquen a matar.

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