domingo, 23 de mayo de 2010

Amor fraternal...




Erich Fromm

El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un «objeto» amoroso. 
Si una persona ama sólo a otra y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, sino una relación simbiótica, o un egotismo ampliado
Sin embargo, la mayoría de la gente supone que el amor está constituido por el objeto, no por la facultad. En realidad, llegan a creer que el hecho de que no amen sino a una determinada persona prueba la intensidad de su amor. 
Como no comprenden que el amor es una actividad, un poder del alma, creen que lo único necesario es encontrar un objeto adecuado -y que después todo viene solo. Puede compararse esa actitud con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre. 
Si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si puedo decirle a alguien «Te amo», debo poder decir «Amo a todos en ti, a través de ti amo al mundo, en ti me amo también a mí mismo».

Decir que el amor es una orientación que se refiere a todos y no a uno no implica, empero, la idea de que no hay diferencias entre los diversos tipos de amor, que dependen de la clase de objeto que se ama.

Amor fraternal
La clase más fundamental de amor, básica en todos los tipos de amor, es el amor fraternal. 
Por él se entiende el sentido de responsabilidadcuidadorespeto yconocimiento con respecto a cualquier otro ser humano, el deseo de promover su vida. 
A esta clase de amor se refiere la Biblia cuando dice: ama a tu prójimo como a ti mismo
El amor fraternal es el amor a todos los seres humanos; se caracteriza por su falta de exclusividad. 
Si he desarrollado la capacidad de amar, no puedo dejar de amar a mis hermanos. En el amor fraternal se realiza la experiencia de unión con todos los hombres, de solidaridad humana, de reparación humana. 
El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno. 
Las diferencias en talento, inteligencia, conocimiento, son despreciables en comparación con la identidad de la esencia humana común a todos los hombres. Para experimentar dicha identidad es necesario penetrar desde la periferia hacia el núcleo. 


Si percibo en otra persona nada más que lo superficial, percibo principalmente las diferencias, lo que nos separa. Si penetro hasta el núcleo, percibo nuestra identidad, el hecho de nuestra hermandad. 
Esta relación de centro a centro -en lugar de la de periferia a periferia- es una «relación central». 
O, como lo expresó bellamente Simone Weil: «Las mismas palabras [por ejemplo: ‘te amo’] pueden ser triviales o extraordinarias según la forma en que se digan. 
Y esa forma depende de la profundidad de la región en el ser de un hombre de donde procedan, sin que la voluntad pueda hacer nada. 
Y, por un maravilloso acuerdo, alcanzan la misma región en quien las escucha. 
De tal modo, el que escucha puede discernir, si tiene alguna capacidad de discernimiento, cuál es el valor de las palabras.»

El amor fraternal es amor entre iguales, pero, sin duda, aun como iguales no somos siempre «iguales»; en la medida en que somos humanos, todos necesitamos ayuda. Hoy yo, mañana tú. 
Esa necesidad de ayuda, empero, no significa que uno sea desvalido y el otro poderoso. La desvalidez es una condición transitoria; la capacidad de pararse y caminar sobre los pro pios pies es común y permanente.

Sin embargo, el amor al desvalido, al pobre y al desconocido, son el comienzo del amor fraternal. Amar a los de nuestra propia carne y sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus vástagos y los protegen. 
El desvalido ama a su dueño, puesto que su vida depende de él; el niño ama a sus padres, pues los necesita. 
El amor sólo comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales. 
En forma harto significativa, en el Antiguo Testamento, el objeto central del amor del hombre es el pobre, el ex tranjero, la viuda y el huérfano, y, eventualmente, el enemigo nacional, el egipcio y el edomita. 
Al tener compasión del desvalido el hombre comienza a desarrollar amor a su hermano; y al amarse a sí mismo, ama también al que necesita ayuda, al frágil e inseguro ser humano. 
La compasión implica el elemento de conocimiento e identificación. «Tú conoces el corazón del extranjero», dice el Antiguo Testamento, «puesto que fuiste extranjero en la tierra de Egipto... ¡por lo tanto, ama al extranjero!»

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