jueves, 20 de mayo de 2010

El ARTE de AMAR


E Fromm, en su obra "El Arte de Amar", dice que la necesidad más profunda del hombre es la necesidad de superar su estado de separación, de abandonar la prisión de su soledad.
¿A qué le llama “estado de separación”? Es la conciencia que tiene el hombre de sí mismo como una entidad separada, la conciencia de su breve lapso en la vida, del hecho de que nace sin que intervenga su voluntad y que ha de morir contra su voluntad, de que morirá antes que los que ama, o estos antes que él, la conciencia de su soledad y separatidad.

El hombre -de todas las edades y culturas- enfrenta la solución al problema de cómo superar su “estado de separación”, de cómo lograr la unión, cómo trascender la propia vida individual.

En la sociedad occidental contemporánea la unión con el grupo es la forma predominante de superar la separatidad. Se trata de una unión en la que el ser individual desaparece en gran medida, y cuya finalidad es la pertenencia al rebaño: “Si soy como los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto a las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado”. Salvado de la temible experiencia de la soledad.

¿Cuál es la razón de ésta respuesta? La razón radica en el hecho de que debe existir una respuesta a la búsqueda de unión y, a falta de una distinta o mejor, la conformidad con el rebaño se convierte en la forma predominante.

El poder del miedo a ser diferente, a estar solo unos pocos pasos alejado del rebaño, resulta evidente si se piensa cuán profunda es la necesidad de no estar separado.

La mayoría de la gente ni siquiera tiene conciencia de su necesidad de conformidad. Viven con la ilusión de que son individuales, de que han llegado a determinadas conclusiones como resultado de sus propios pensamientos y que simplemente sucede que sus ideas son iguales a la mayoría. Y puesto que aún tiene necesidad de sentir alguna individualidad, satisfacen esa necesidad con algunas diferencias menores como las iniciales, la afiliación a cierto partido, pero en realidad, no existe ninguna diferencia.

La unión por la conformidad no es intensa y violenta, es calma, dictada por la rutina y por ello, suele resultar insuficiente para aliviar la angustia del estado de separación. La frecuencia al alcoholismo, la afición a las drogas, la sexualidad compulsiva y el suicidio constituyen los síntomas de ese fracaso relativo de la conformidad de tipo rebaño. La conformidad tipo rebaño ofrece solo una ventaja: es permanente y no espasmódica.

Además de la conformidad tipo rebaño, como forma de aliviar la angustia que surge del estado de separación, debemos considerar otro factor: el papel de la rutina en el trabajo y en el placer. Hasta los sentimientos están prescriptos: alegría, tolerancia, responsabilidad, ambición, y habilidad para llevarse bien con todo el mundo sin inconvenientes. De lunes a lunes, de la mañana a la noche, todas las actividades están rutinizadas y pre-fabricadas. ¿Cómo puede un hombre, preso de esa red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo único, al que solo le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada y a la separatidad?

Una tercer manera de lograr la unión reside en la “actividad creadora”. En cualquier tipo de actividad creadora, la persona que crea se une a su material, que representa el mundo exterior a él. Sea un joyero que fabrica una joya, el pintor que pinta una tela, o el trabajo productivo donde yo planifico, produzco y veo el resultado de mi labor, en todos los tipos de trabajo creador, el individuo y su objeto se tornan uno, el hombre se une al mundo en el proceso de creación.

Pero sucede que la unidad alcanzada por medio del trabajo productivo no es inter-personal y la proporcionada por la conformidad es una pseudo-unidad. Por lo tanto, constituyen meras respuestas parciales al problema de la existencia.

La solución plena está en el logro de la unión inter-personal, en el AMOR. La incapacidad para alcanzarlo significa insania o destrucción de sí mismo o de los demás.

¿Pero a qué le llamamos unión inter-personal o amor maduro? Significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia identidad.

El amor es un poder activo en el hombre, un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás. El amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y le permite ser él mismo, mantener su integridad. Se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno, y no obstante, siguen siendo dos.

Esa inter-dependencia es esencial a lo humano. Desde el comienzo de nuestras vidas somos, nos vamos re-conociendo y constituyendo como sujetos con otros, en relación con otros, a partir de la presencia, el contacto, la mirada, la palabra del otro.

El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un “estar continuado”, no un “súbito arranque”. En un sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente DAR, no recibir.

¿Qué es dar? Por simple que parezca la respuesta, está plena de ambigüedades y complejidades. El mal-entendido más común consiste en suponer que dar significa “renunciar” a algo, privarse de algo, sacrificarse. La persona cuyo carácter no se ha desarrollado más allá de la etapa correspondiente a la “orientación receptiva”, experimenta de esa manera el acto de dar.

La gente cuya orientación fundamentalmente no es productiva, vive el dar como un empobrecimiento, por lo que se niega a hacerlo, generalmente.

Algunos hacen del dar una virtud, en el sentido de un sacrificio. Sienten que, puesto que es doloroso, se debe dar y creen que la virtud está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. Para ellos, la norma de que es mejor dar que recibir significa que es mejor sufrir una privación que experimentar una alegría.

Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente diferente: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mi mismo como desbordante, vivo, y por lo tanto, dichoso.

Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.

El ejemplo más elemental lo encontramos en el sexo: la culminación de la función sexual masculina radica en el acto de dar, el hombre se da a sí mismo, da de su órgano sexual, a la mujer. En el momento del orgasmo le da de su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no lo puede dar, es impotente. El proceso es igual en la mujer. También ella da, permite el acceso a su feminidad, en el acto de recibir, ella da. Si es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En el caso de la mujer, el acto de dar vuelve a producirse, no en su rol de amante, sino en el de madre. Ella se da al bebé que crece en su interior, le da de su leche cuando nace, el calor de su cuerpo.

En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se angustia por la posible pérdida de algo, desde el punto de vista psicológico, es un hombre empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí mismo, es rico. Solo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia, sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales. Claro que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. La pobreza no sólo es degradante por el sufrimiento que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.

Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio específicamente humano.

¿Qué le da una persona a otra? Da de sí mismo, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Lo que no significa sacrificar su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él: da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las expresiones, manifestación de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir, dar es de por sí una dicha exquisita. Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambos comparten la alegría de lo que han creado.

No sólo en lo que atañe al amor, dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el gerente de sus empleados, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicológo, siempre y cuando no se traten como objetos, sino que estén relacionados entre sí en forma genuina y productiva.

Claro que la capacidad de amar como acto de dar, depende del desarrollo del carácter de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en el que la persona ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y por lo tanto, de amar.

Además del elemento de dar, el carácter activo del amor implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor. Estos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

Que el amor implica cuidado es evidente en el amor de una madre por su hijo.

“El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos”. Cuando falta esa preocupación activa, no hay amor. Si alguien nos dijera que ama las flores y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su “amor”.

El cuidado y la preocupación implican otro aspecto del amor: el de la responsabilidad. Ese término suele usarse para denotar un deber, pero en su verdadero sentido, responsabilidad es un acto voluntario, constituye mi respuesta a las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser responsable significa “responder hábilmente”, estar listo y dispuesto a responder.

La respuesta podría degenerar fácilmente en dominación y posesividad si no fuera por un 3° componente del amor: el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia, sino la capacidad de ver a una persona tal cual es, de acuerdo con la raíz de la palabra respicere: mirar; tener conciencia de su individualidad única.

Respetar significa preocuparse porque la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que le es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo quisiera que sea, como un objeto para mi uso.

Claro que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia, si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie. El respeto solo existe sobre la base de la libertad: “El amor es hijo de la libertad, no de la dominación”, dice una vieja canción francesa.

Respetar a la otra persona sin conocerla, no es posible. El cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no lo guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación.

Hay muchos niveles de conocimiento, el que constituye un aspecto del amor penetra hasta el meollo, no se detiene en la periferia. Claro que solo es posible cuando puedo trascender la preocupación por mi mismo, y ver a la otra persona tal cual es. Por ejemplo, puedo saber que una persona está enojada aunque no lo demuestre abiertamente; pero puedo llegar a conocerla más profundamente aún, y sé entonces que está angustiada, que se siente sola, que se siente culpable. Sé entonces, que su enojo no es más que manifestación de algo más profundo, y la veo como una persona que sufre y no como una persona enojada.

El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. Conozco por la experiencia de la unión, no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento.

En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mi mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.

Tengo que conocer a la otra persona y a mi mismo objetivamente para poder ver su realidad, o más bien, para dejar de lado las ilusiones, mi imagen irracionalmente deformada de ella.

Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente inter-dependientes. Son actitudes que se encuentran en la persona madura, esto es, en la persona que desarrolló productivamente sus propios poderes, que solo desea poseer los que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a los sueños narcisistas de omnisapiencia (yo se todo) y omnipotencia (yo puedo todo), que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que solo la genuina actividad productiva puede proporcionar.

“El AMOR es un ARTE,
y como todo arte,
requiere conocimiento y esfuerzo”


Bibliografía: “El arte de amar”, de Erich Fromm; “Nuestro Mundo Interno” de Ana Quiroga.


“Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y verdad” (1 Juan 3:18)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mil gracias por este maravilloso resumen de un libro que compré, empecé a leer y no pude terminar,l porque realmente lo encontré un tanto elevado o poco accesible para quien no es un psi. De todos modos me maravilla que exista un libro que desarrolle algo tan profundo y a la vez tan cotidiano como el arte de amar.
Cariños de Fer.

María Guadalupe Buttera dijo...

hola FER ! hice esa sintesis hace varios años y cada tanto vuelvo a leerla... una maravilla la obra de E. Fromm, fue a la esencia del conflicto humano... y mostro el unico CAMINO... el AMOR... de una manera práctica. Cariños!