Es un proceso que tiene sus etapas
La felicidad tiene algo que ver con la evolución interior. Cuanto más crecemos interiormente, más colmados nos sentimos.
Relato
Si observamos al apóstol Pedro, podemos ver su proceso de madurez, cómo transitó desde un Simón inmaduro, hacia un Simón Pedro un poco maduro y otro tanto no, y luego un Pedro maduro como roca firme.
Un ejemplo de un Pedro con palabras lúcidas es cuando Jesús le preguntó:
- “Quién dicen que soy yo”
Y Pedro le respondió:
-“Tu eres el hijo del Dios viviente.”
Por otro lado, tuvo respuestas inmaduras cuando estaban en el monte donde a Jesús sus ropas se hicieron blancas, fue transfigurado, y Pedro le dijo:
- “Señor hagamos una casita y quedémonos a vivir acá”
Y Jesús le contestó:
-¡No! ¿Cómo nos vamos a quedar a vivir acá?
Pedro escuchó las revelaciones y palabras amorosas de Jesús, como también, palabras muy duras. Como cuando Pedro le dijo a Jesús:
-“Señor no es necesario que vayas a la cruz”, y Jesús le respondió:
- “Apártate de mi Satanás”
Pedro, junto a los demás discípulos, vivió el poder de Jesús siendo testigo de sus milagros, y también vivió el doloroso momento en que Jesús fue golpeado y arrestado.
Vio a aquel que hacía milagros, sentir angustia y sudar sangre.
Entonces Pedro se derrumbó; y se durmió en Getsemaní porque no podía tolerar esto.
Y hasta lo negó tres veces.
Luego, se le apareció Jesús, lo restauró y lo convirtió en roca firme.
Psicoeducación
En el camino hacia la madurez
Así como Pedro, también somos nosotros.
En el camino hacia la madurez, vamos transitando etapas.
Desde la inmadurez de quien se enoja cuando la realidad no es como quisiera, pasamos hacia fases más maduras, que conviven con otras aún inmaduras, hasta llegar a ser una roca firme como Pedro, una persona madura, adulta, lúcida.
Claro que esto implica todo un proceso, con avances y retrocesos, que tenemos que transitar.
Jesús nos acompaña
Pero no estamos solos! Jesús nos prometió que Él nos enviaba el Espíritu Santo que nos dirá la verdad.
Él habita en nuestro interior. Y pasamos desde ser inconcientes de esta gracia Divina, pero vivirla como los niños, ha des-conectarnos de ella y luego comenzar el camino de búsqueda nuevamente. Aunque a veces no sabemos bien de qué, nuestro corazón, como nos dice San Agustín, está hecho para Dios y no descansa hasta encontrarse con Él.
Porque Él habita en nuestro interior
La madurez no es mágica. Es un trabajo interior de sanación y encuentro personal con Dios que habita en cada uno de nosotros.
Y esta sanación la hace a través del Espíritu Santo.
Todos tenemos en nuestro mundo interno, muy guardado, ciertos recuerdos que nos llenaron de dolor.
Y cuando hacemos contacto con ellos, nos surge la bronca, la rabia, el odio que está reprimido allí también.
Desde allí nos sana
Es allí donde Jesús nos sana. Esto tiene que salir afuera para ser sanado.
Necesitamos conectarnos nuevamente con estas emociones reprimidas, de manera conciente y despierta, para que Él las mire con su amor y las sane.
Solo Él lo puede hacer, pero nosotros tenemos que decirle:
-“si, Señor, quiero entrar a esas profundidades y ser liberado/a de esas ataduras”.
Cuando le decimos “si”
Entonces Él puede obrar solo cuando nosotros se lo permitimos, y nos abrimos a su amor infinito.
Así es como maduramos. Pedro primero fue Simón, inmaduro, luego Simón Pedro, un poco maduro y otro tanto no; y más tarde Pedro, maduro, la roca firme sobre la cual Jesús construyó su iglesia, y permanece a través de los siglos.
Simón se transformó en Pedro porque le dijo Sí a Dios, y Él obró.
Y transitamos resistencias
En este proceso hacia la madurez, pasamos por resistencias que son muy humanas, luego la vida con sus crisis y duelos nos va ablandando, modelando, y si nos aflojamos y entregamos a Dios, Él obra maravillas; crecemos, maduramos y damos frutos.
Jesús nos mostró esta parte humana cuando le dijo al padre: Saca de mi este cáliz, y luego nos enseñó cuál es el camino para ser una roca firme, cuando le dijo:
Que no se haga mi voluntad sino la tuya.
Él nos transforma en roca firme
Pedro transitó un proceso de transformación en las manos del Señor, hasta convertirse en roca firme.
Cuando transitamos por la escuela del dolor y maduramos, somos como una roca, indestructible, nadie la puede fracturar, porque sabemos concientemente que Dios, creador de los cielos y la tierra, nos habita en nuestro interior.
Ojala pronto nos transformemos en “Pedros”, piedras firmes al servicio del Amor.
Para reflexionar
Madurez es descubrir que Dios trabaja y habita en lo más profundo de nuestro corazón.
La espiritualidad nos ilumina el camino
“El hombre espiritualmente maduro conoce la revelación con ojos interiores, se hace al estilo de Dios, a la lógica misteriosa de su presencia y acción”.
Padre Hilmar Miguel Zanello
Si observamos al apóstol Pedro, podemos ver su proceso de madurez, cómo transitó desde un Simón inmaduro, hacia un Simón Pedro un poco maduro y otro tanto no, y luego un Pedro maduro como roca firme.
Un ejemplo de un Pedro con palabras lúcidas es cuando Jesús le preguntó:
- “Quién dicen que soy yo”
Y Pedro le respondió:
-“Tu eres el hijo del Dios viviente.”
Por otro lado, tuvo respuestas inmaduras cuando estaban en el monte donde a Jesús sus ropas se hicieron blancas, fue transfigurado, y Pedro le dijo:
- “Señor hagamos una casita y quedémonos a vivir acá”
Y Jesús le contestó:
-¡No! ¿Cómo nos vamos a quedar a vivir acá?
Pedro escuchó las revelaciones y palabras amorosas de Jesús, como también, palabras muy duras. Como cuando Pedro le dijo a Jesús:
-“Señor no es necesario que vayas a la cruz”, y Jesús le respondió:
- “Apártate de mi Satanás”
Pedro, junto a los demás discípulos, vivió el poder de Jesús siendo testigo de sus milagros, y también vivió el doloroso momento en que Jesús fue golpeado y arrestado.
Vio a aquel que hacía milagros, sentir angustia y sudar sangre.
Entonces Pedro se derrumbó; y se durmió en Getsemaní porque no podía tolerar esto.
Y hasta lo negó tres veces.
Luego, se le apareció Jesús, lo restauró y lo convirtió en roca firme.
Psicoeducación
En el camino hacia la madurez
Así como Pedro, también somos nosotros.
En el camino hacia la madurez, vamos transitando etapas.
Desde la inmadurez de quien se enoja cuando la realidad no es como quisiera, pasamos hacia fases más maduras, que conviven con otras aún inmaduras, hasta llegar a ser una roca firme como Pedro, una persona madura, adulta, lúcida.
Claro que esto implica todo un proceso, con avances y retrocesos, que tenemos que transitar.
Jesús nos acompaña
Pero no estamos solos! Jesús nos prometió que Él nos enviaba el Espíritu Santo que nos dirá la verdad.
Él habita en nuestro interior. Y pasamos desde ser inconcientes de esta gracia Divina, pero vivirla como los niños, ha des-conectarnos de ella y luego comenzar el camino de búsqueda nuevamente. Aunque a veces no sabemos bien de qué, nuestro corazón, como nos dice San Agustín, está hecho para Dios y no descansa hasta encontrarse con Él.
Porque Él habita en nuestro interior
La madurez no es mágica. Es un trabajo interior de sanación y encuentro personal con Dios que habita en cada uno de nosotros.
Y esta sanación la hace a través del Espíritu Santo.
Todos tenemos en nuestro mundo interno, muy guardado, ciertos recuerdos que nos llenaron de dolor.
Y cuando hacemos contacto con ellos, nos surge la bronca, la rabia, el odio que está reprimido allí también.
Desde allí nos sana
Es allí donde Jesús nos sana. Esto tiene que salir afuera para ser sanado.
Necesitamos conectarnos nuevamente con estas emociones reprimidas, de manera conciente y despierta, para que Él las mire con su amor y las sane.
Solo Él lo puede hacer, pero nosotros tenemos que decirle:
-“si, Señor, quiero entrar a esas profundidades y ser liberado/a de esas ataduras”.
Cuando le decimos “si”
Entonces Él puede obrar solo cuando nosotros se lo permitimos, y nos abrimos a su amor infinito.
Así es como maduramos. Pedro primero fue Simón, inmaduro, luego Simón Pedro, un poco maduro y otro tanto no; y más tarde Pedro, maduro, la roca firme sobre la cual Jesús construyó su iglesia, y permanece a través de los siglos.
Simón se transformó en Pedro porque le dijo Sí a Dios, y Él obró.
Y transitamos resistencias
En este proceso hacia la madurez, pasamos por resistencias que son muy humanas, luego la vida con sus crisis y duelos nos va ablandando, modelando, y si nos aflojamos y entregamos a Dios, Él obra maravillas; crecemos, maduramos y damos frutos.
Jesús nos mostró esta parte humana cuando le dijo al padre: Saca de mi este cáliz, y luego nos enseñó cuál es el camino para ser una roca firme, cuando le dijo:
Que no se haga mi voluntad sino la tuya.
Él nos transforma en roca firme
Pedro transitó un proceso de transformación en las manos del Señor, hasta convertirse en roca firme.
Cuando transitamos por la escuela del dolor y maduramos, somos como una roca, indestructible, nadie la puede fracturar, porque sabemos concientemente que Dios, creador de los cielos y la tierra, nos habita en nuestro interior.
Ojala pronto nos transformemos en “Pedros”, piedras firmes al servicio del Amor.
Para reflexionar
Madurez es descubrir que Dios trabaja y habita en lo más profundo de nuestro corazón.
La espiritualidad nos ilumina el camino
“El hombre espiritualmente maduro conoce la revelación con ojos interiores, se hace al estilo de Dios, a la lógica misteriosa de su presencia y acción”.
Padre Hilmar Miguel Zanello

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